Precios, bondad y egoísmo

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Los precios pueden subir o bajar también según el grado de bondad o egoísmo del vendedor…

Precios, bondad y egoísmo
El poseedor del producto es uno más en la cadena de revendedores, que implanta un precio que nada tiene que ver con indicadores económicos. (Alfredo Martirena Hernández / Cubahora)

En la década de los 50 del siglo pasado, en la esquina de Cuchillo y San Nicolás vendía carbón un emigrante chino, Arturo Chang Sanl que abarataba los costos porque tenía su propia camioneta con la cual trasladaba el producto, que dejó de ser demandado cuando las cocinas comenzaron a usar el combustible denominado indistintamente luz brillante, queroseno, querosene, querosén, keroseno, kerosina o sencillamente kero o hasta llamado petróleo de cocinar.

Por supuesto que al llegar el desarrollo, tuvo que cambiar el negocio del expendio de lo que es actualmente un renglón exportable, y dedicarse a la venta de víveres, aunque ya para ese momento el barrio chino habanero estaba saturado de bodegas, sobre todo de asiáticos.

Durante un intercambio con sus paisanos y familiares, decía que mientras hubiera compradores, siempre podría ser vendedor de lo que los clientes necesitaran o quisieran.

Eran tiempos en que los comerciantes trataban de tener la mayor cantidad de clientes posibles, todo lo contrario a lo que sucede en este mismo instante en que la generalidad de quienes venden practican la filosofía de ganar enormes sumas con el menor número de compradores.

Y por supuesto que ni siquiera los establecidos permanentemente en un lugar, dentro de la barriada donde viven, se preocupan mucho por tener una clientela habitual.

La llamada modalidad de Oferta y Demanda, en la que el poseedor del producto es uno más en la cadena de revendedores, implanta un precio que nada tiene que ver con indicadores económicos y mucho menos con sentimientos solidarios y humanos.

Al decir revendedores se alude tanto al sector estatal como no estatal, legal o ilegal, o como también expresa un colega: “estaticular”, en referencia a los arrendadores de locales, sobre todo, dice él, a los que se dedican a cobrar en los baños públicos.

Y seguidamente suelta una andanada de preguntas: ¿Quién hizo el estudio para decir que cuesta un peso entrar a orinar a un baño que sigue tan pestilente y sucio como cuando era estatal? ¿Qué ficha de costo se usó para determinar ese precio si ni siquiera hay papel de ningún tipo en sustitución del sanitario, y los jabones brillan por su ausencia como frecuentemente sucede hasta con el agua?

Cuando creí que ya había terminado, volvió a la carga: ¿Cuántas personas entran  a orinar a un baño público? ¿Cuántos pesos gana esa persona en un día?

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La charla transcurría en el Conejito de la Autopista Nacional correspondiente al municipio de Aguada de Pasjaros. Yo, que había hecho una sola pregunta (¿A dónde vas?), ni siquiera me miró y se dirigió a unos matorrales cercanos.

Al reanudar el viaje, me prometió que de ahí en adelante hablaría en serio y no haría más preguntas en broma. Elogio a mi tío, Arturo Chang el antiguo vendedor de carbón, quien según él, como todo chino, hacía su fortuna centavo a centavo.

Remató: Y si a los vendedores de hoy no les importa la bondad al fijar un precio, y lo hacen de manera egoísta, la sociedad en su conjunto, y de manera particular los que ocupan cargos de dirección tienen que ejercer el control y ponerle freno a los que andan probando dónde están los límites.

Le di la razón: la bondad tiene que ponerle límites el egoísmo.

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