Por los caminos de la historia, la Ruta del Che: en Bolivia

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Primer parada en la Ruta del Che, viniendo desde Santa Cruz. La historia de la Guerrilla de Ñancahuazú no está muy presente hoy en día en el pueblo. El 6 de julio de 1967, la guerrilla tomó la ciudad abasteciéndose sobretodo de medicamentos. En el EL DIARIO DEL CHE EN BOLIVIA pueden leer lo sucedido en esa fecha.

 

   

Vista del pueblo de Samaipata.                       Plaza Central de Santa Cruz de la Sierra, Bolivia.

Cómo ir a Samaipata desde Santa Cruz?

Ir antes del mediodía a la Avenida Omar Chávez esquina Solis de Holguín en la zona de La Ramada. Ahí están las movilidades (movilidades se dice en Bolivia, furgoneta, una van) que te llevan a Samaipata. Son cuatro horas por ruta pavimentada entre las montañas cubiertas de vegetación, parada obligada antes de seguir a Vallegrande o la Higuera. No estoy seguro de que exista algo directo Santa Cruz – Vallegrande, eso sería un viaje de unas ocho horas, un poco largo. Funciona además como lugar de descanso para la gente de Santa Cruz. Justamente, Samaipata significa en quechua, “descanso en las alturas”.

Vallegrande y La Higuera

Para llegar a Vallegrande desde SAMAIPATA de la forma más económica hay que ir hasta la ruta que une Santa Cruz-Vallegrande, que viene a ser por la que se llega a Samaipata también. O sea que si están en Santa Cruz y quieren ir a Vallegrande lo más probable que deban pasar por Samaipata incluso una noche. Mucha gente aprovecha y visita Samaipata evidentemente por eso la incluí en la primera parada de la Ruta del Che.

Una vez en la ruta, que bordea Samaipata, ir al restaurante dónde para el bus entre las 10 am y las 12 pm.

Tener en cuenta que como muchas veces se retrasan los buses en Bolivia por diferentes cosas que pueden pasar en la ruta, a veces los horarios no son exactos. Creo que a eso de las 11 ya estaba tomando el bus. Son unas 3-4 hs. de ruta de tierra y mucho calor.

La ciudad de Vallegrande se encuentra entre dos serranías. La gente es muy amable y hay mucha juventud. Hay una universidad también. La plaza central es muy coqueta y tiene wifi. La parada del bus es en el surtidor de gasolina que está pasando el pueblo, así que hay que pedir bajarse cuando se está llegando ya que luego es mucha caminata hacia atrás y además en subida. Me tocó hacerla… Me alojé en el albergue frente a la plaza a cargo de una señora muy amable.

Cuando llegan a Vallegrande les recomiendo ir a la Casa de la Cultura, frente a la plaza central y ahí informarse dónde están los lugares y como visitarlos además de conseguir un guía, que realmente vale la pena. Este documental, LA RUTA DEL CHE, fue filmado durante este viaje gracias a la colaboración del Director de Turismo de Vallegrande, Lic. Leo Lino Ledezma.

FOTOS EN EL MAUSOLEO ERNESTO GUEVARA EN VALLEGRANDE

En Vallegrande está el Mausoleo del Che, lugar donde fue encontrado enterrado en una fosa común en 1997. Hoy es un museo muy bueno, con muchísimas fotos tomadas por la guerrilla misma en los montes… realmente emocionante. Fotos de la vida del che, desde sus primeros viajes por Sudamérica, trabajando en Cuba, con la familia, disfrazado antes de entrar a Bolivia. El Che entra a Bolivia con un pasaporte uruguayo, haciéndose pasar por un comerciante de 60 años.

Otro lugar a visitar es el Hospital de Malta y la fosa común del grupo de Joaquín.

Ruta del Che: La Higuera

Para llegar a La Higuera desde Vallegrande debes ir al “surtidor” (gasolinera) y tomar el bus que va a Serrano. Pasa entre las 12 y 14 hs. El surtidor también lleva el nombre estación San Antonio. Bajarse en el “desvío que va a La Higuera”. O sea, ningún bus llega a La Higuera (se puede ir en taxi o excursión a otro precio), así que hay que tomar el que va a Serrano y bajarse en el camino a 6 kilómetros del pueblo. Y ahí a caminar, o quizás pase un taxi o alguien que te lleve…

Caminata dura por camino empedrado. Transitando esos paisajes con la espalda cargada de 15 kilos, poco a poco empezaba a imaginar la vida del guerrillero: cargando fusiles y comida, por caminos alternativos, vírgenes, con meses a intemperie y una sola convicción: luchar o morir. Llegar y estar en La Higuera ya lo envuelve a uno de una sensación especial. Esa sensación de pueblo perdido, un lugar remoto donde algunos sueños se apagaron.

La Higuera podemos caminarla en unos minutos. Se trata de unas casas al costado del camino al borde de la montaña, la plazoleta con el busto, la escuela dónde fue fusilado el Che.

Allí conocí y charlé con Irma Muñoz, entrevistada en el documental, de las pocas personas que quedan en la Higuera que vivió esa época. El pueblo estaba atormentado por los militares que amenzaban de muerte a quién diera algo a los guerrilleros. La armada sabía que andaban por allí. El miedo aplacaba tanto como el hambre y la sed.

Quebrada del Churo

La bajada a la Quebrada del Churo, lugar del último combate del Che, se puede hacer de dos formas: pagando y no pagando. Hay dos caminos y desde La Higuera y el no pagando está más cerca. El pagando tengo entendido se hace por un terreno privado. Hice la no paga, para ahorrar, para agregarle aventura ya que no está señalizado y hay que seguir trillos de gente que lo haya hecho antes, además de que su acceso estaba más cercano a la Higuera y ya estaba muy cansado producto de la caminata de llegada.

No pude llegar al lugar exacto, si es que existe. Supongo que me fui desviando, quizás nadie lo había hecho hace poco pero el trillo se hizo difuso. De todas formas, ¿qué tanto importa el lugar exacto adentro del monte dónde le dispararon al Che? Era un grupo y el monte era el resguardo. La bajada te da indicios de lo que vivía ese grupo de gente mientras huía del ejército. La expedición justo la hice en la misma época en que la guerrilla la hizo, así que la vegetación estaba en condiciones similares. Mes de setiembre. Uno de los lugares más inhóspitos que conocí en mi vida. Un amigo fotógrafo que en La Higuera conocí, Lautaro Actis, me obsequió la foto de ese lugar conmemorado con una estrella.

Habíamos logrado llegar a Vallegrande, que era el objetivo del día. Hicimos noche allí y al día siguiente visitamos el Museo del Che, donde conocimos todos los datos del paso del Che y su guerrilla por esta zona (y que, si vas a ir a La Higuera, puedes ahorrarte), y la Lavandería del hospital donde se exhibió el cuerpo del Che muerto tras su captura en La Higuera.

La escuela de la Higuera fue demolida ya hace años y construyeron otro establecimiento similar encima. La escuela era de adobe y paja y hoy encontramos una casa de material. Funciona como museo y es un lugar de peregrinaje de gente de todo el mundo que viene a dejar su mensaje. La escuela hoy funciona en otra construcción.

Ex Escuela de La Higuera, hoy museo.

La lavandería donde fue exhibido su cuerpo, en Vallegrande.

De Vallegrande a La Higuera

Habitantes de La Higuera cuentan cómo fue el asesinato del Che Guevara hace 50 años; se espera que lleguen 10.000 personas en octubre a este pueblo boliviano para actos conmemorativos.

Existen lugares que por encontrarse en sitios remotos, poseer climas inhóspitos o por no disfrutar de ciertos servicios públicos, no son atractivos para muchas personas. La Higuera es uno de ellos. Lugar a donde llega quién realmente tiene un interés auténtico en conocer.

Un camino largo, de tierra, entre montañas, en el cual las curvas vienen una atrás de otra en un eslabón cuya pendiente es pronunciada. Un clima seco que produce surcos tanto en la piel como en la tierra, lluvias sólo en un mes del año, el mismo mes en el que se puede conseguir alguna fruta. El sol parte el día en dos, toda actividad al aire libre se debe hacer antes de las 11 de la mañana o después de las 4 de la tarde. Agua, hasta apenas iniciada la tarde y luz eléctrica no hay. Internet, wi-fi, señal de celulares no se conocen allí. Lugar donde se queda quien realmente tiene un interés autentico en descubrir.

Un pueblo polvoriento más se esos perdidos en la nada, a casi unos 2.000 m.s.n.m, al cual nadie hubiese conocido si no fuera porque allí, en la escuela del pueblo, fue asesinado una de las personalidades más trascendentes del siglo XX: Ernesto “Che” Guevara.

Desde la pequeña plaza, a simple vista se visualizan tres bustos del guerrillero nacido en Rosario, Argentina. La nueva escuela primaria, así como la mayoría de las casas y almacenes tienen murales o grafitis de viajeros y militantes sociales de todo el mundo que han llegado a este pueblo al cual la presencia de la muerte del Che los hace pasar varias horas en buses destartalados por caminos de tierra que se dibujan en grandes sierras cubiertos de vegetación de tierra seca -espinillos y arbustos- que secan la piel con tan solo animarse a espiar por la ventanilla.

Es que por más que existen reiteradas promesas de asfalto y mejoras en la carretera, el viaje entre Valle Grande -la ciudad más cercana- y La Higuera son unas largas 3 horas donde el sol es omnipresente, interrumpido por ciertos pueblitos, entre ellos Pucará, autodenominada “la capital del cielo” que deja ver, tanto en su escudo como en la comisaria, la mundialmente conocida fotografía del hombre de la estrella que el fotógrafo cubano Alberto Korda capturó en la Plaza de la Revolución de La Habana.

A 20 metros de la plaza del pueblo se encuentra el Museo Comunal “La Higuera”, construido sobre la demolida escuelita donde el lunes 9 de octubre de 1967, luego de recibir la orden desde La Paz y Washington, las balas del Sargento Mario Terán atravesaron primero el antebrazo y el muslo de Guevara para luego, en una segunda ejecución después que el mismo Che le ordene que “apunte bien”, perforar el cuello del líder guerrillero. El reloj marca que faltan 15 minutos para la 1 de la tarde, el Che se está desangrando cuando ingresa el sargento Bernardino Huanca, quien le da un puntapié que lo coloca boca arriba y, a menos de un metro de distancia, le dispara a quemarropa directo al corazón. Una hora antes, lo habían sacado afuera del lugar para tomarle unas fotos. Muchos vecinos del pueblo tienen aquel recuerdo. Allí, dentro de esa habitación hoy no hay más espacio libre en las paredes. Como si se tratara de un santuario de alguna deidad pagana, numerosos mensajes, agradecimientos, fotos, banderas, palabras pululan en los muros como si se tratara del reconocido bar habanero “La Bodeguita del Medio”.

Nadie en el pueblo o en la zona sabía quién era el Che Guevara. Un pueblo en donde aún hoy no hay televisión, radio, diarios, ni internet, ni señal de celular, ni un transporte interurbano. Las novedades del mundo no se desayunan en este extremo de Bolivia. Con esto podemos imaginar cómo eran las noticias hace medio siglo. “Si hubiera sabido quién era lo hubiese ayudado a escapar” se sincera don Florencio ante mis preguntas, mientras bajamos a la Quebrada del Churo, lugar donde Guevara fue capturado y hoy se encuentra una piedra con una estrella roja. Uno de los dos caminos que bajan hacia aquel lugar atraviesa la hacienda del abuelo que, junto con su hijo Santos, cobran 10 pesos bolivianos -un dólar y medio- al que quiera caminar unos 40 minutos de bajada hasta el río. Don Florencio tenía 27 años aquella tarde del domingo 8 de octubre cuando el combate terminó con la captura de Guevara y comenzó la caravana hacia el pueblo pasando por su chacra. “Parecía un indigente, barbudo, sucio, flaco, con la ropa rota y con unos zapatos improvisados hechos de alguna tela”. El Che había escrito el 10 de septiembre en su diario: “yo crucé el río a nado con la mula pero perdí los zapatos en el cruce y ahora estoy a abarca, cosa que no me hace ninguna gracia.”

La caravana de soldados, los rehenes y los muertos en combate desde la Quebrada del Churo hasta la escuela de La Higuera se demoró unas dos horas a pie. A la vista de los entonces pobladores de esa tierra. Doña Hirma tenía 20 años cuando la caravana pasó por la puerta de su casa. Ella trabajaba como ayudante de la tipografista cuando el mundo posó sus ojos sobre su pequeño pueblo. ¿Empezaba un nuevo Vietnam? se preguntaba el Che en su diario ante la confirmación de la intervención norteamericana en el combate. “La gente del pueblo estaba asustada, apenas se animaba a espiar a los barbudos extranjeros desde atrás de las puertas de sus casas. Ya que apresaban y llevaban a Valle Grande a los campesinos que ayudaban a los guerrilleros con comida o víveres” cuenta la señora dueña del almacén “La Estrella” que esta frente a la plaza. Su tienda ofrece panes cocinados en horno de barro, quesos hechos con la leche ordeñada cada mañana por la señora de 70 años. Luego de fusilarlo, expusieron el cuerpo del guerrillero cubano-argentino afuera de la escuela, momento en el cual la gente del pueblo conoció por primera vez la imagen del peligroso revolucionario del cual le hablaban. Doña Hirma con una amiga se acercaron de curiosas a ver: “quedamos impresionadas por su mirada ya que tenía sus ojos abiertos” recuerda.

“Si algo hizo bien el ejercito es introducir la cultura del miedo en la zona” asegura Leo, responsable de la oficina de turismo de Valle Grande y gran conocedor de la historia, mientras va de una reunión a otra en plena organización para los eventos que se llevarán a cabo en octubre y que esperan que atraiga a miles de personas. “La gente del pueblo estaba asustada por la psicosis creada por el ejército y los permanentes estados de sitio en los que se vivía” agrega Leo. Estrategia que no se detuvo una vez muerto el líder guerrillero: “les van a bombardear los aviones soviéticos y cubanos por haberlo matado” cuenta doña Hirma que les decían los militares.

Son las 6 de la tarde y la noche llega luego de un sensual atardecer en las montañas que tiñen de matices violáceos, celestes y naranjas el horizonte más allá del Rio Grande. El cielo es una brillantina, ante la ausencia absoluta de luz eléctrica, todas las estrellas sirven de trasfondo de la estatua del Che. Me encuentro con Casiano, un curioso niño de unos 12 años que se gana las monedas para los dulces y sodas guiando a los visitantes a la Quebrada del Churo. Cuando le pregunto qué sabe sobre el Che me cuenta una historia que le contó su abuelo: “cuando la caravana de soldados y rehenes pasó por el pueblo, el Che tenía un reloj en su muñeca y se lo quiso dar a un campesino que estaba mirando, pero los soldados no lo dejaron. Por más que el Che insistió en que se lo quería dar al trabajador”. Al ver mi cámara fotográfica me pide que le saque una foto y luego me saca una a mí. Es su primera foto con una cámara que no sea la de su celular. Al otro día vendrá a invitarme a jugar al futbol en la canchita de la escuela, bajo la luz de la luna llena. Ya soy su amigo, y él será  el único en el pueblo en aprender a llamarme por mi nombre y no “don” o “gringo”. Es el niño rebelde del pueblo.

A pesar de la presencia de todo lo relacionado a la muerte del Che, La Higuera no vive del turismo -la mayoría de los visitantes vienen un par de horas se sacan unas fotos y se van-. Maizales, vacas lecheras, papas entre algunos otros pocos cultivos aseguran la dieta de los locales. Sólo existe una escuela primaria, por lo tanto los adolescentes se van a Valle Grande o Santa Cruz a estudiar y ya no vuelven. “No hay gente para trabajar la tierra, esa la que todos los días nos da de comer” lamenta doña Hirma. Es que hoy allí viven aproximadamente unas 50 personas, antes vivían 70. Sus dos hijos que aún viven en el pueblo se ganan la vida ofreciendo transporte desde La Higuera a Valle Grande en sus taxis. Consciente de cómo el turismo altera la identidad de los pueblos, la señora y la mayoría de los vecinos están a favor de que se explote más el turismo. Lo que generaría más clientes para su tienda y más comensales para sus almuerzos y cenas caseras. Sabe que si se asfalta el camino y se coloca luz eléctrica una mayor cantidad de turistas se animarán a venir a sacarse fotos con la estatua del Che que tiene frente a su casa.

Frente a la plaza, funciona la escuela primaria. Atrás tiene un espacio -una cancha de fútbol- que hace las veces de alojamiento comunitario para aquellos que quieran ir al pueblo y no tengan dinero para el alojamiento. En la puerta se me acerca Brian, un niño de 6 años que está siempre sonriente, me cuenta que no le gusta ir a la escuela, pero se oyen los gritos de su madre desde la puerta de su casa y no le queda otra opción. “¿Sabes quién es el hombre de la estatua?” le pregunto. “Si, me dice. Es un guerrillero que lo mató la policía” responde antes de entrar a la escuela en la cual todas las paredes tienen frases o murales del Che. Me muestra que lleva un huevo y una papa para que le cocinen el almuerzo en el establecimiento educativo.

“A las 3 p.m. del 8 de octubre termina el Combate del Churo y el Che es capturado. A las 7 p.m. llegan a La Higuera. El 9 de octubre al mediodía es fusilado. Luego lo llevan en helicóptero a Valle Grande, donde lo exponen en “La Lavandería” -lavandería que funcionaba en el hospital de la ciudad- y donde el fotógrafo francés Marc Hutten saca las famosas fotografías del Che muerto con los ojos abiertos. Allí el médico Ustary Arze toca el cuerpo del guerrillero y nota que aún está caliente y que no tenía la rigidez de un muerto de más de un día. De esta forma, se transforma en la primer persona en denunciar que el Che había muerto ese mismo día y no el 8 de octubre en combate como afirmaba el ejército: el Che fue asesinado” concluye Cristian, un historiador francés fanático del Che que está radicado hace años en La Higuera y que, junto a su compañera, son los dueños del hospedaje “Los Amigos”, el alojamiento más confortable del pueblo. Cristian va hacia su corpulenta biblioteca agarra dos libros y me los alcanza. Se trata de “El combate del Churo y el asesinato del Che” de Reginaldo Ustariz Arze y “El asesinato del Che en Bolivia: Revelaciones” de Adys Cupull y Froilán González. En estos libros se denuncia que la dictadura del general Barrientos ocultó y silenció muchas voces y testigos para instalar la idea de que el Che había muerto en combate el 8 de octubre, de allí que durante tanto tiempo se recordó esa fecha y no el 9 de octubre como la fecha en que Guevara había muerto.

La silla donde estaba sentado el Che minutos antes de ser fusilado. Foto: Lautaro Actis

Luego de esa famosa foto en “La Lavandería” al Che lo llevan a la morgue y le cortan las manos antes de ser enterrado en una fosa común ubicada en los alrededores del cementerio de Valle Grande junto a otros 6 guerrilleros, permaneciendo allí en secreto por 30 años. Hasta que en el año 1997 alguno de los militares desmintió la versión hasta ese momento sostenida por el ejército boliviano de que el cuerpo del Che había muerto en combate el 8 de octubre, que sus restos habían sido cremados y sus cenizas regadas por el Rio Grande. En la actualidad, en donde estaba esa fosa común tiene lugar el “Mausoleo del Che” junto con un interesante museo con fotos, replicas del diario del Che y de su vestimenta, además de mucha información histórica.

Don Ismael, tenía 6 años cuando anduvo la guerrilla por aquí. Recuerda que pasaron guerrilleros bajando desde Abra del Picacho, pueblito más arriba de La Higuera. Por donde los guerrilleros pasaron y hasta bailaron algunas músicas aprovechando que el pueblo estaba de fiesta. “Eran varios hombres que pasaron tranquilos, saludando como cualquier otro visitante. No recuerdo las armas, sólo sus grandes mochilas” me comenta mientras con mi inocente ayuda mata un cerdo. Trabajo que le encargó doña Gregoria, quién siguiendo su visión de negocios se prepara para la próxima fiesta del pueblo, donde venderá chicharrón -grasa y cuero de cerdo frito con papa y maíz- y asado de cerdo. “¿Usted le tiene miedo a la muerte?” me sorprende y atino un “no”. “Todos decimos eso pero cuando se aparece ahí realmente nos damos cuenta lo que sentimos frente a ella” continúa. “¿Y te gustaría ser un soldado de Jesús?” me pregunta don Ismael, cuchillo en mano rasurando el cuero del cerdo ya muerto. Es que él es evangelista y frecuenta un templo de la Iglesia Universal que hay en Valle Grande. Me compara la guerrilla guevarista con los soldados de Jesús: “como el Che, Jesús luchó contra el imperio, en su caso el romano. Predicando el bien contra el mal de Satanás. El Che buscaba una vida mejor para nosotros los campesinos, pero los ricachos no lo dejaron” concluye, y ya es hora de carnear el cuchi -cerdo-.

La escuelita de La Higuera, ahora Museo Comunal. Foto: Lautaro Actis

La gente del pueblo se comienza a alborotar, todos preparando alguna comida para vender. Es que se aproxima la fiesta de la Virgen de Guadalupe, patrona del pueblo -si, la misma Virgen de Guadalupe que el cura Hidalgo y Costilla levantó como bandera en la lucha por la independencia de México-. La tradición consiste en hacer una promesa a la virgen de bailar durante tres días seguidos. Por eso, todo 7, 8 y 9 de septiembre hay fiesta en La Higuera y en todos los pueblos de los alrededores. Para esa fecha, los originarios de La Higuera que migraron para buscar mejor suerte en otros pagos – generalmente a Valle Grande, Santa Cruz o Argentina-, vuelven para reencontrarse con su tierra. Rondas de chicha -bebida de maíz fermentado- y sucumbé -bebida caliente preparada  con leche ordeñada por la mañana, clavo de olor, canela y singani- giran de mano en mano al compas de bandas que tocan música vallegrandina – especie de ranchera mexicana- con sombreros tejanos y guitarrones al lado del altar de la Virgen, lleno de velas de colores y flores que le ofrendan sus fieles. La gente baila y luego se sienta para degustar el cerdo o picante de pollo.

Para esta fecha, las noches tranquilas, oscuras y silenciosas que caracterizan al pueblo se ven alteradas por la llegada de camionetas 4×4 polarizadas, generadores eléctricos, altoparlantes y hasta fuegos artificiales. La mezcla de gente que se encuentra es interesante. Se puede distinguir fácilmente entre aquellos que aún viven en La Higuera: generalmente más retraídos, tímidos, con chanclas en sus pies, ropa de campo con restos de alguna carneada o de la arriada de ganado; con los higuerenses que hoy viven lejos de su tierra: ropa más citadina, jeans, zapatillas Nike, cortes de cabellos que utilizan jugadores de fútbol, y buzos. Como también a simple vista se divisa a las personalidades más pudientes, ya que ostentan ropa de marcas europeas o norteamericanas, pieles y peinados cuidados, maquillajes, zapatos de cuero fino y una presencia que detenta un aire de superioridad.

Vista panorámica de La Higuera. Foto: Lautaro Actis

Todo ello a unos 200 metros de la escuela, hoy museo, donde aún retumban en las paredes como un eco infinito las últimas palabras del “hombre más completo del mundo” según Sartre: “Póngase sereno, está usted por matar a un hombre”.

Octubre será de fiesta. Se cumplen 50 años de la muerte del revolucionario que hizo que La Higuera ya no fuera la misma. 10.000 personas se espera que lleguen -o consigan llegar- a este pueblo de 50 almas y se lleven un poquito de esta tierra en el corazón, tal como le sucedió a quien escribe estas líneas.

La Higuera era nuestro siguiente objetivo, y para continuar con la suerte de los días anteriores, llegar hasta allí también iba a costar. Los taxis cobraban 300 Bs para ir hasta el pueblito, y no estábamos dispuestos a pagar eso. Nos encontramos con otros dos viajeros que también iban a La Higuera y, según ellos, había un camión que iba a pasar y que normalmente recogía a gente. El precio era muy asequible, 15 Bs, pero requería hacer el trayecto con una vaca. También existía la opción remota del autobús que venía de Santa Cruz, pero tampoco sabíamos si se había levantado el bloqueo o no, ya que cada persona decía una cosa distinta.

Así que nos quedamos allí, esperando al camión o al autobús. Y, por arte de magia, unas horas después ¡pasó el autobús! El autobús iba por una carretera de montaña de ripio y con precipicios, y a bastante velocidad por curvas imposibles, pero no nos importó demasiado, porque por fin nos movíamos de Vallegrande. Nuestra alegría duró poco, ya que el autobús no iba a La Higuera, sino hasta el pueblo anterior, Pucará. Y esto estaba a 12 kilómetros de La Higuera. Menos mal que preguntando por el pueblo un hombre accedió a hacer de taxi y nos llevó en su coche.

La Higuera, Ruta del Che
El pueblo de La Higuera, en Bolivia, es donde murió el Che y se ha convertido en un pueblo museo.

La Higuera, donde murió el Che

Llegamos al atardecer, lo justo para encontrar alojamiento antes de que anocheciese. El pueblo es muy pequeño y está completamente tematizado sobre el Che, aunque no se veía demasiado movimiento de visitantes. Nos quedamos con Doña Irma, una señora que aún recordaba perfectamente lo que sucedió hace casi 50 años. Nos contaba que, cuando el ejército boliviano llevó al Che capturado hasta La Higuera, nadie sabía muy bien quién era este señor. Ella no lo vió vivo, pero sí muerto cuando trasladaron su cuerpo hasta Vallegrande en helicóptero, y decía que tenía los ojos abiertos. A ella le tocó limpiar la sangre de la escuelita, el lugar donde lo mataron, y muestra orgullosa el recorte de una revista noruega en el que ella es la protagonista, precisamente contando esta historia.

La escuelita es ahora un museo dedicado al Che y está lleno de dedicatorias que han ido dejando sus visitantes. Además de esto, se puede visitar la Quebrada del Churo, el lugar donde lo capturaron. Es una caminata de una hora aproximadamente, aunque la verdad que el sendero podría estar mejor. Se nota que no pasa mucha gente por allí y a la vuelta incluso nos encontramos con una serpiente de cascabel por el camino que, por fortuna, no nos atacó…

Cuando llegamos a la Quebrada del Churo, tuvimos la suerte de que Santos estaba allí con otro viajero. Santos es un vecino del pueblo y nos contaba que ese lugar es propiedad de su familia. En aquella época tenían una zona alquilada a otro vecino, quien fue el que delató al Che Guevara y la guerrilla, al ver sombras de 17 hombres en la noche y creer que unos ladrones iban a robarle. La policía de Vallegrande no tuvo duda de que se trataba de la guerrilla y al día siguiente el ejército envió a 500 efectivos para capturarlos. Algunos consiguieron escapar, pero otros no. Entre ellos el Che, quien fue llevado hasta La Higuera y, al día siguiente, fusilado en la escuelita.

Por momentos como éste, en el que te encuentras a alguien local que te habla con pasión de las historias que conocen o que vivieron, merece la pena salirse de la ruta y explorar aquellos lugares que alguien que cruzaste un día te recomendó. En un viaje hay miles de contratiempos, pero con paciencia al final todo se logra y la recompensa es una vivencia única plagada de anécdotas de las que se recuerdan toda la vida. ¡Viva la improvisación viajera!

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