Martí y la música “común” (+Videos)

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En su visión totalizadora del hombre, Martí valora como necesaria la música popular…

Martí y la música “común” (+Videos)
La música en su credo hacia más llevadera la vida cotidiana. (José Ángel Téllez Villalón / Cubahora)

Poco a poco se conoce más sobre la relevancia que le concedió José Martí a la música. Obra capital en ese sentido es el libro “José Martí y la música”, con selección de los textos, introducción y ensayo del estudioso Salvador Arias.

En mi caso, tal acercamiento ha estado signado por el propósito más concreto de destilar en sus valoraciones sobre la cultura, el arte y la música en particular, claves iluminadoras para entender los fenómenos contemporáneos en el campo música-arte-mercancía, en donde los intereses y decisiones de la industria musical hegemónica son determinantes, aun en una potencia musical y en tránsito socialista como Cuba.

En mi texto Martí y la música que completa“, publicado hace un año en La Jiribilla,  y replicado en Cubadebate  bajo el título José Martí: ‘La música es la más bella forma de lo bello’”, partí de una clave martiana esencial, su comprensión de la relación dialéctica entre lo que hoy llamamos “cultura material” y “cultura espiritual”. Transversal a su interpretación de la cultura como un complemento vital de la condición humana, en tanto lo salva de la fragmentación a que lo expone “esa expansividad anonadadora” que adivinaba en la incipiente cultura de masas, y lo arraiga a la humanidad, lo completa como hombre.

Para Martí los hombres completos nacen de lo natural, del arroyo de la sierra, y los “hombres a medias”, de lo artificioso, de la “máscara y el vicio”. Por eso le escribe a su amada María Mantilla: “…a mi vuelta sabré si me has querido, por la música útil y fina que hayas aprendido para entonces: música que exprese y sienta, no hueca y aparatosa: música en que se vea a un pueblo, o todo un hombre, y hombre nuevo y superior”.

Su visión totalizadora del hombre presupone tan necesaria la música —digamos— íntima como la complementaria “música común”. En la aleccionadora carta del 2 de febrero de 1895, le dice a su hija : “Para la gente común, su poco de música común, porque es un pecado tener la cabeza un poco más alta que la de los demás, y hay que hablar la lengua de todos, aunque sea ruin, para que no hagan pagar demasiado cara la superioridad”. Y (pero) “para uno en su interior, en la libertad de su casa, lo puro y lo alto”.

Sabía Martí que no siempre la común, la más conocida o popular, es garantía de calidad musical, de “lo puro y alto”. Expresión que no debe entenderse con significados elitistas, sino como cualidades que elevan al hombre hacia una condición de mayor libertad, de la pecera de lo sensitivo al océano de lo inteligible.

En unas sus reseñas a los conciertos del matancero José White expresó: “La música es el hombre escapado de sí mismo: es el ansia de lo ilímite surgido de lo limitado y de lo estrecho: es la armonía necesaria, anuncio de la armonía constante y venidera”. La música es para el revolucionario expresión de las condiciones de vida del sujeto que la produce, pero además ha de ser ilimitadamente ansia y propósito del mejoramiento humano. Como “la compañera y guía del espíritu en su viaje por los espacios”. Por los espacios comunes y por los más íntimos.

Vale aclarar que Martí disfrutaba mucho de la música popular. Gonzalo de Quesada supo por María Mantilla sobre la inclinación de Martí a tararear la guaracha “El negro bueno”, de F. V. Ramírez; la misma que se cantó en el Teatro Villanueva cuando el asalto brutal de los voluntarios españoles, el 21 de enero de 1869. Tema que encontré en una curiosa recopilación de guarachas cubanas y que, comparándola con otra fuente, he rectificado así:

Aquí ha llegado Candela, / Negrito de rompe y raja,
que con el cuchillo vuela, /corta con la navaja.

ESTRIBILLO:

¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! /Vamos a ver
¡Ay!, Finitica, / ¿Qué vamos a hacer?

Si al negro tuerto/Lo quieren prender;
Al negro bueno-/Quieren desgraciar;

Pero ninguno/Se quiere atracar,
Porque si tira/Se puede clavar.

Del Manglar a Monserrate, /y de la Punta a Belén,
todos doblan el petate/si toco yo somatén.

Donde se planta Candela, /no hay negra que se resista
y si algún rival la cela, /al momento vende lista.

Candela no se rebaja/a ningún negro valiente;
en sacando la navaja, /no hay nadie que se presente.”

Contaba Mantilla que otra composición popular que le gustaba mucho a Martí era “Las campanillas” de Pedro Fuentes. El músico Pedro Pons rememoraba, por su parte, cuánto disfrutaba Martí su humilde composición “Mariposita”.

En el ensayo de Salvador Arias se hace referencia a un testimonio de Federico Henríquez Carvajal que alude a que, después de una velada musical en su casa, Martí salió tarareando los versos iniciales de “La Bayamesa”, de Céspedes, Fornaris y Castillo, interpretada en ritmo de vals por la esposa del anfitrión.

Pero lo que pocos conocen es que el organizador de la guerra necesaria fue el letrista de una canción muy popular entre los emigrados cubanos en Tampa, Cayo Hueso, Jacksonville, Ibor City y otros lugares de la Florida, quienes la bautizaron como “La canción del Delegado”.

Afirma Rodríguez Rivera en las Notas del CD Con olor a manigua —del sello Colibrí y en el que aparece la primera grabación del tema—, que José Martí escribió el texto “para que el músico aficionado Benito O’Hallorans lo convirtiera en canción en 1891, durante una visita del patriota cubano a una tabaquería de Ibor City, en Florida”.

“Muy cantada en los años de la guerra de 1895, la canción fue luego olvidada, pero la preservaron varios de los tabaqueros cubanos que vivieron en la Florida y se radicaron en Cuba al inaugurarse la república: aquí fundaron un barrio habanero al que pusieron el nombre de Cayo Hueso. Algunos viejos trovadores la cantaban todavía en la ya legendaria Peña del Herrero Sirique, en los años 60  del pasado siglo” —amplió el ya fallecido Rodríguez Rivera.

He aquí el texto escrito por Martí:

“Cuando proscrito en extranjero suelo/ La dulce patria de mi amor soñé
Su luz buscaba en el azul del cielo/ Y allí su nombre refulgente hallé.

Perpetuo soñador que no consigo/ El bien ansiado que entre sueños vi.
Siempre dulce esperanza va conmigo/ Y allí estará en mi tumba junto a mí”.

Según Rivera, se debe al guitarrista Nené Enrizo, quien se aprendiera esta canción de los viejos trovadores, y gracias al periodista Lino Betancourt, Enrizo la interpretó para que a su vez el músico Hilario González la pudiera transcribir. Hoy se encuentra archivada en el Museo Nacional de la Música.

Digna Guerra, la directora del Coro Nacional, quien tuvo a su cargo la voz solista en esta canción, confesó que se sintió sumamente motivada durante la grabación de semejante obra por el especial significado que encierra en sí misma.

A inicios del años pasado, en la sección “Aunque no esté de moda” del programa televisivo La Pupila Asombrada, fue presentada una interpretación por el trovador Pepe Ordaz que aún puede verse en la página de Facebook .

Una música común para socializar el patriotismo y bálsamo para curar las heridas que causaba la lejanía y el desarraigo. La música en su credo hacia más llevadera la vida cotidiana, porque en ella “encuéntrase respuesta a todos nuestros deliquios, expansión para todos nuestros encogimientos”; porque es “más bello lo que brota de ella que ella misma”.

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