La Terapia Génica y la condición humana

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El método de edición genética se considera un hito, ya que simplifica y hace más precisa la terapia génica. Foto: Thinkstock.
Se ha comentado en varias oportunidades el papel de los llamados “ácidos nucleicos” en la conformación de los seres vivos. Se trata de un nombre arcaico, pero de total actualidad que se le da a moléculas conocidas por las siglas ADN y ARN.

Su significado literal es bueno omitirlo en aras de la claridad de un trabajo para público general. Los científicos los encontraron originalmente en los núcleos de las células, cuando estas empezaron a estudiarse como los ladrillos microscópicos que son en la construcción de los seres vivos. Los tamaños microscópicos de las células están en el orden de la millonésima de metro, pero los ácidos nucleicos están en el orden de la milimillonésima de metro. Son “nanoscópicos”.

Estas entidades químicas son moléculas bastante complejas que se basan en un eslabonamiento de carbohidratos (el mismo tipo de sustancia al que pertenece el azúcar común). La cadena molecular así sustentada soporta a su vez hasta cinco tipos de otras moléculas más pequeñas, cuyas combinaciones en sucesiones de grupos de tres portan y expresan oportunamente la información necesaria para construir las supermoléculas operativas de la vida: las proteínas. En los procesos celulares de su síntesis, cada sucesión ordenada de esas tres moléculas codifica uno de sus eslabones. A veces hacen falta dos de esos tríos llamados “codones” para un solo eslabón de proteína. Irónicamente, ninguna de las moléculas de los ácidos nucleicos por separado son ácidos en el sentido químico de la palabra, sino la función reactiva contraria: “bases”. Lo de ácido es un nombre histórico y fenomenológico que no debe tomarse al pie de la letra.

Hoy sabemos que los “genes” se originan en tales ácidos nucleicos. Esta palabra de origen clásico mediterráneo siempre se usa en las lenguas modernas para referirnos a lo originario y originador. Hubo que inventar el concepto de genes antes de conocer el ADN y el ARN porque al estudiar las especies vegetales y animales se identifican evidentemente caracteres externos (el color, la forma física, el comportamiento para la supervivencia) que las distinguen unas de otras.

La ocurrencia o no de uno u otro carácter de este tipo se atribuyó a que la especie estudiada portara sus genes, su origen distintivo. Así, la hierba que produce arroz se distingue de la que produce trigo por ser portadora cada una de los genes correspondientes al grano de arroz y al de trigo, y en eso son diferentes.

Muy temprano aprendió la humanidad a manipular los genes, incluso mucho antes de inventar el concepto. Llegamos a crear especies animales, como son los perros, buscando seleccionar genes de los lobos que nos convinieran y descartar los que no. En esos tiempos no se sabía bien lo que se hacía con las moléculas, pero en realidad e inconscientemente se trabajaba con los ácidos nucleicos de las especies para quedarnos con sus expresiones que necesitáramos.

Cuando conocimos los códigos de la vida a nivel nanoscópico nos dimos cuenta también de que el asunto podía trabajarse en un laboratorio, interactuando directamente con estas moléculas que determinan la información vital. No vacilamos entonces en seguir adelante e inventar la ingeniería genética para hacerlo de la mejor forma posible.

Un campo particularmente sensible de utilidad para la aplicación de estas técnicas es el de las anomalías genéticas de los seres humanos. Todos nacemos con un ADN propio que determina nuestros principales caracteres. Lo que nos hace comunes como seres humanos es la parte de la fórmula química de esa molécula que compartimos. Lo que determina nuestras individualidades son las pequeñas diferencias que portan, gracias a errores inevitables en su duplicación durante nuestra existencia. Gracias a eso existe la diversidad de la vida que funciona como un sistema auto complementario de especies y permite la existencia de la nuestra.

En la fecundación, cuando ocurre una mezcla genética de progenitores que origina la existencia del nuevo ser, puede que este se manifieste con ojos claros, en lugar del negro de sus padres. Lo que en realidad ha ocurrido es que el ADN que se mezcló en esa pareja, en el óvulo que fue germinado, compatibilizó ese código de ojos claros del que eran portadores ambos y predominó sobre el de los oscuros que se había expresado en ellos mismos cuando fueron concebidos. Si lo que se expresa o manifiesta es alguna anomalía que afecta la vida, puede que el nuevo ser no llegue a existir o que pueda vivir, pero disfuncionalmente. Este último caso es particularmente doloroso en lo individual y en lo social. Se tiene a un congénere humano cuyas funciones vitales pueden estar alteradas o severamente limitadas durante toda una vida, muchas veces causante de sufrimientos enormes para él y sus seres queridos.

También los cánceres son esencialmente desórdenes génicos. Suelen aparecer cuando en una de nuestras células se produce un error de duplicación del ADN y las proteínas resultantes resultan funcionales. Además, logran sobrevivir ante los cuidadosos mecanismos de protección inmunológica que se han seleccionado de generación en generación por parte de los seres que las portan. Entonces las células “enfermas” por esas proteínas se convierten en una parte diferente del ser vivo portador, y tienen diferencias en su código genético. Además, los que logran avanzar suelen poder deprimir las propias defensas moleculares inmunológicas de sus anfitriones. Llegan así a matar a su propio ser originario, convirtiéndolo poco a poco en un ente alterado genéticamente, vitalmente inviable como sistema.

Para tratar estos problemas y muchos otros se ha concebido la llamada “terapia génica”. Se trata del suministro terapéutico de ácidos nucleicos en las células de un paciente como una medicina para tratar su enfermedad, su anomalía genética. Se insertan así genes que no la expresan, que son “normales”, en las células del paciente. Se podría esperar que estos ácidos nucleicos puedan a su vez codificar en él las proteínas que le permiten una funcionalidad correcta o mejor, corrigiendo o rearando el “error de fábrica” o el del cáncer. Así puede atenuarse o eliminarse el efecto de los genes dañados o inexistentes en el paciente afectado. La base de este tratamiento es parecida, aunque éticamente idéntica, a la manipulación de genes en los cultivos o animales comerciales para obtener de ellos ventajas o suprimir desventajas.

Hay descubrimientos científicos y tecnologías que son inevitables. Pueden demorar más o menos, tener mayores o menores dificultades para lograrse, pero una vez conocida la forma de operar, su implantación masiva es fácilmente predecible. Si se conoce cómo funcionan los ácidos nucleicos, siempre aparecerá una forma de interactuar con ellos para que logremos algo que nos convenga. Las terapias génicas parece que tienen un seguro futuro.

La prestigiosa revista “Science” acaba de publicar una reseña del “estado del arte” de la terapia génica1. Aparentemente, las primeras ideas aparecieron hace casi medio siglo. En esa reseña se refieren a importantes tecnologías recientes que usan virus como agentes de modificación genética de los pacientes “in vivo” y las emergentes para la “edición” del genoma.

Todo después de largos y tortuosos caminos de aprobación regulatoria. Es preciso tomar conciencia de cuan delicado es actuar sobre nuestra propia base genética y cuan peligroso puede ser que esto se realice con intenciones perversas, que dañen la convivencia de los seres humanos. Lo mismo se puede manipular los genes de un individuo para reparar fragmentos de su ADN que le provocan un estado físico penoso, enfermo, que para torturarlo creando tal estado físico, que para proporcionarle a un individuo aptitudes malsanas. Solo un fuerte aparato regulatorio puede mantener las cosas en su lugar, en bien de la sociedad. Ocurre igualmente que con las manipulaciones genéticas con fines comerciales de cultivos y animales: si el aparato legal y regulatorio funciona correctamente, la humanidad gana ventajas alimentarias formidables. Si falla, se favorecen intereses económicos malsanos a expensas del ambiente y del bienestar de las mayorías.

Lo cierto es que, a partir de décadas de avances científicos, clínicos y de desarrollo tecnológico, lo logrado con las terapias génicas ha comenzado a mejorar las vidas de centenares de pacientes con una variedad de cánceres y enfermedades hereditarias. Se ha llegado a ello gracias al trabajo multidisciplinario, desde médicos hasta ingenieros, pasando por economistas y abogados. Como tiene que ser y también los cubanos podemos hacer.

1. Dunbar, C. E.; High, K. A.; Joung, J. K.; Kohn, D. B.; Ozawa, K.; Sadelain, M., Gene therapy comes of age. SCIENCE 2018, 359 (6372).

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