Dara y la escuela

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Para Aitana, que está lejos

Cuando niño, de lo cual no hace poco ni mucho, me desvelaba cada vez que tendría un compromiso importante en la mañana. Daba igual si nos íbamos todos a la playa, o si tenía juego de pelota, o si habría un programa tempranero (¡La Comedia Silente!) que no podía perderme. No obstante, repito, eso fue cuando niño. Con los años mi sueño perdió fragilidad –dicen que esta tendencia es anormal– y dormí como el clásico lirón, sin importarme un bledo lo que estaba por venir.

Pero he aquí que a las 4 con 23 minutos de esta madrugada, los ojos se me abrieron y no alcancé a pegarlos nuevamente. Algo estaba rondando mi cabeza con esa fabulosa goma-loca de lo impostergable y desestabilizador. Algo más tensionante que el cobro de un penal en la Copa del Mundo. Algo que, detrás de su apariencia rutinaria, escondía el misterio de esas cosas que se dan una vez en la vida: ¡mi hija Dara empezaría en la escuela!

Lo curioso es que mientras yo miraba el techo de la habitación a oscuras, Dara dormía plácidamente. Relajada hasta el límite, con la misma expresión de cualquier día. Sentí lástima al verla, inocente de lo que estaba por pasar. Es tan noble mi hija… Tan adicta a las faldas de su casa… Pensé: “Va a regresar bañada en llanto, pobrecita”. Craso error.

Con la misma disposición que se atrevió en Ciego de Ávila a pasar su mano por el vientre de un delfín de 400 kilogramos, Dara Yisel se puso (le pusieron) su uniforme y salió rumbo a la escuela haciendo cuentos, eludiendo los charcos del camino con sus zapatos nuevos. “¿Te vas a portar bien?”. “Claro que sí”. Pero yo desconfiaba.

Media hora después me di cuenta de que Dara decía la verdad. Una vez terminado el matutino, se sentó en una silla y, como es costumbre en ella, se sumió en un silencio entretenido. Miraba a todas partes. Exploraba a los niños. Observaba a sus padres, el abuelo, la pizarra con aquellas letronas que todavía no sabe descifrar. Sabrá Dios qué pensaba, pero nunca hubo tristeza –o miedo–en su mirada. Ni siquiera cuando todos nos fuimos y se quedó en el aula, rodeada de unos niños a los que mayoritariamente desconoce. Y yo me fui feliz. Tranquilo. Satisfecho. “¿Cómo te fue?”, le preguntó la madre al recogerla. “La maestra es genial”, contestó Dara.

Dijo Martí que “hay un solo niño bello en el mundo y cada madre lo tiene”. Yo le agrego algo más: cada padre también.

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Tomado de Cubadebate

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