La epopeya cubana

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por: Claudio Katz *
El estancamiento y las privaciones que siguieron al derrumbe de la URSS se atenuaron, pero obligan a implementar un giro económico
Cuba aportó el mayor ideario de transformación social a varias generaciones de latinoamericanos. Su revolución conmovió a la juventud, convulsionó a las organizaciones políticas y sacudió a la izquierda.

En los años 60 el castrismo rompió todos los dogmas al demostrar que un proceso socialista era posible en el continente. A 90 millas de Miami introdujo generalizadas nacionalizaciones para responder a las conspiraciones del imperialismo. Posteriormente intentó una heroica extensión regional de la revolución.

La decisión cubana de resistir la restauración capitalista luego del colapso de la URSS generó un nuevo asombro. La población de una pequeña isla lindante con el centro imperial afrontó un sofocante aislamiento internacional y realizó inconmensurables esfuerzos para mantener su independencia.

La perdurabilidad de ese proceso fue determinante del cambio que ha registrado el escenario sudamericano. La reinstalación de una colonia estadounidense en Cuba habría obstruido la resurrección de los procesos radicales y limitado las victorias logradas contra el neoliberalismo.

Resulta muy difícil imaginar los avances de Venezuela o Bolivia sin el ejemplo de un país que supo confrontar con el poderío estadounidense. La repetición en la isla de la trayectoria seguida por Rusia o Europa del Este habría sepultado, por un largo período, todas las tradiciones revolucionarias transmitidas al continente.

Pero transcurridas más de dos décadas del desplome del desplome de la URSS y su bloque económico internacional (COMECOM) se han registrado importantes transformaciones en Cuba. Estos cambios contienen enormes posibilidades e incuestionables peligros.

Logros y desafíos

La principal enseñanza reciente de lo ocurrido en Cuba es la enorme capacidad de mejora popular que ofrece un esquema económico-social no capitalista. En medio de la penuria económica, el aislamiento diplomático, las provocaciones militares, las presiones financieras y la agresión mediática se logaron preservar parámetros de esperanza de vida, escolaridad o mortalidad infantil muy superiores al resto de la región.

Esta extraordinaria realización resulta incomprensible para los apologistas del capitalismo. Como no pueden presentar ejemplos equiparables, eluden cualquier mención de esos logros. Cuba demostró de qué forma se puede evitar el hambre, la delincuencia generalizada y la deserción escolar con escasos recursos.

El país afronta actualmente graves dificultades para mantener la gratuidad de los principales servicios, pero esas limitaciones son muy diferentes a las adversidades que predominan en los países semejantes.

Cuba no es Argentina, Brasil o México. Hay que comparar su situación con las economías latinoamericanas situados por debajo de ese escalón de desarrollo económico. Ninguno de esos casos puede exhibir el perfil de una isla sin desempleo, indigencia o pobreza masiva.

En la isla están cubiertas las necesidades básicas de la población. Todas las familias tienen acceso a la alimentación, la educación y la salud. La escasez de abastecimientos o la falta de variedad de los consumos, no incluyen a los bienes indispensables para garantizar esa cobertura.

Cuba cuenta con un excelente nivel de escolaridad. Un reciente estudio del Banco Mundial estima que su sistema educativo mantiene parámetros de formación profesional, en muchos planos semejantes al nivel de Finlandia, Singapur o Canadá (Lamrani, 2014).

También ha logrado un índice de esperanza de vida que supera en cinco años al resto del continente y cuenta con tasas de mortalidad reducidas en todos los grupos etarios. Consiguió el promedio más bajo de malnutrición de América Latina y uno de los porcentajes más elevados de conexión de viviendas a las redes de agua potable (Navarro, 2014).

El país preserva, además, el índice de seguridad alimenticia más elevado de la región y un bajísimo nivel pobreza (4%), en comparación a la media de Latinoamérica (35%) (Vandepitte, 2011). De acuerdo a las estimaciones del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) Cuba es uno de los tres países latinoamericanos que ha logrado ubicarse en el casillero de alto nivel de desarrollo (PNUD, 2014).

Pero la isla afronta un serio problema para sostener esos avances. El estancamiento y las privaciones que siguieron al derrumbe de la URSS se atenuaron, pero obligan a implementar un giro económico. Toda la sociedad reconoce esa impostergable necesidad, puesto que nadie ha podido recuperar el patrón de ingresos vigente en los años 70-80.

El desplome del sostén soviético fue seguido por un agravamiento del bloqueo estadounidense (ley Torricelli en 1992 y acta Helms Burton en 1996). Ese cerco obstruye el comercio y genera costos monumentales. Un barco que toca puerto cubano no puede amarrar en Estados Unidos y al principal mercado del mundo no puede ingresar un producto con componentes cubanos.

La isla ha sufrido periódicas provocaciones que obligan al estado a solventar un gravoso aparato militar defensivo. El gobierno cubano necesita mantener 600.000 hombres en condiciones de acción bélica inmediata y debe financiar una estructura armada totalmente desproporcionada para las dimensiones del país (Isa Conde, 2011).

Además, en los últimos años el país padeció fuertes adversidades comerciales y climáticas. Cayó el precio de las exportaciones (níquel) y subió el costo de las importaciones (alimentos). Hubo huracanes, sequías e inundaciones de gran intensidad, especialmente entre 1998 y 2008. Estos trastornos no provocaron tragedias humanas como habitualmente ocurre en el resto del continente, pero que implicaron costos millonarios. La crisis internacional generó también una reducción de los ingresos del turismo, a pesar del moderado aumento de los visitantes.

La economía es gestionada desde hace varios años con cierto déficit presupuestario y el nivel de actividad es sostenido al filo de la navaja. El equilibrio comercial es tan ajustado como la financiación externa.

Cuba resistió la restauración del capitalismo con el gran sacrificio que implicó el “período especial” de los años 90. El impacto económico del desplome de la URSS fue demoledor. Todo el comercio de la isla estaba asociado con los países del COMECON y las ventas de azúcar a ese bloque solventaban el conjunto de los gastos externos.

El país se quedó sin nada y tuvo que asegurar su defensa y abastecimiento de bienes básicos, en condiciones de encierro y colapso del transporte, la electricidad y el combustible. Muy pocos regímenes políticos han logrado sortear adversidades de esa envergadura.

Un reciente estudio explica la fuerza de esa resistencia por la memoria de las transformaciones sociales logradas en los años 60-70. También resalta el rechazo a convertir nuevamente a la isla en un burdel estadounidense. El trabajo traza una aleccionadora comparación con la devastación de derechos populares padecida por los países del COMECON, que reingresaron al capitalismo durante el mismo período (Morris, 2014).

Pero al cabo de esa experiencia, Cuba no está en condiciones de continuar el camino precedente al socialismo. Salta a la vista la imposibilidad de erigir en forma solitaria una sociedad de abundancia e igualdad, en una pequeña localidad del Caribe. La continuidad de la revolución permitió defender lo conquistado, pero no asegura el desarrollo productivo y el bienestar material que supondría la consolidación del socialismo. Si en la URSS se verificaron dificultades para forjar esa sociedad cortando lazos con el mercado mundial, es obvio que Cuba ni siquiera puede concebir esa posibilidad.

El importante cambio de contexto latinoamericano ha contribuido a revertir el aislamiento del país. Se aligeraron las privaciones y se normalizó el funcionamiento de la economía, especialmente a través de la cooperación con Venezuela. Pero este desahogo sólo ayuda a sostener lo conquistado.

Las reformas en curso

Para lidiar con este complejo escenario, el gobierno ha decidido ampliar la gravitación económica del mercado con el objetivo de favorecer la inversión. Después de muchas discusiones, y vacilaciones han comenzado a aplicarse las resoluciones discutidas desde el 2008 y sintetizadas en los lineamientos del 2011. Se relajan las restricciones vigentes para la pequeña actividad privada, se autoriza la creación de negocios y la contratación de empleados. También se anulará la libreta, habrá una paulatina liberalización de los precios y se buscará eliminar la existencia de dos monedas.

Las medidas incluyen una mayor autonomía en la gestión de las empresas estatales. Cada firma podrá manejar en forma descentralizada su presupuesto, adquirir insumos y vender productos en función de sus propios cálculos (PCC, 2011).

El objetivo inmediato es el ahorro de divisas. A diferencia de la ex URSS o China, Cuba no puede sobrevivir en la autarquía. Necesita dólares para adquirir combustibles e importar alimentos. Por esta razón se ha dispuesto reordenar las cuatro fuentes de ingreso de moneda dura: turismo, níquel, servicios profesionales y remesas.

Para reanimar la agricultura se entregarán tierras ociosas a la pequeña producción privada y a las cooperativas, buscando repetir la expansión que logró China en los años 80. Pero la isla no sólo enfrenta una escasa disponibilidad de tierras fértiles. También carga con un altísimo nivel de urbanización que dificulta los incentivos para trabajar en el sector rural.

El punto más conflictivo de las reformas es la introducción de un status de trabajadores “disponibles”, para todos los afectados por la reorganización de las empresas públicas. La falta de recursos obliga a transparentar la dura realidad de compañías deficitarias, que no pueden ser solventadas por el estado. Por esta razón se elimina el principio de garantía oficial del empleo. Se busca crear un nuevo segmento de ocupados en el sector privado y cooperativo, que absorba los recortes del trabajo estatal (Maiki, 2011).

El gobierno ha pospuesto reiteradamente decisiones que chocan con las aspiraciones de la revolución y con los valores pregonados durante décadas. Pero entiende que no le queda otro remedio. Las reformas pro-mercantiles son vistas como el único camino para superar el crítico estancamiento de la economía.

Estos cambios no implican por sí mismos un retorno al capitalismo. Este sistema presupone propiedad privada de las grandes empresas y bancos, formación de una clase dominante y generalización de la explotación. Las reformas no introducen ninguna de estas características. Amplían la gravitación de la gestión mercantil en el marco precedente. Se otorgan concesiones a la acumulación privada, con límites tendientes a evitar la restauración burguesa.

En los últimos años comenzaron a implementarse estos cambios. Se han dispuesto numerosas autorizaciones para la compra-venta de viviendas o automotores y se han distribuido parcelas cultivables. Aparecieron pequeños negocios (como los “paladares” de comidas) y numerosos emprendimientos comerciales.

Ya existe un clima de mayor actividad privada y se avizoran inversiones en el mejoramiento de las viviendas. La flexibilización introducida en este sector incluye restricciones a la propiedad de extranjeros y a la herencia, para evitar una corriente de compras desde Miami. Los principales convenios con empresas extranjeras están centrados en la renovación del Puerto de Mariel y en la construcción de una zona industrial en esa región.

Un punto crítico es la emigración de trabajadores calificados. Desde la eliminación de las trabas para viajar al exterior se ha registrado una fuerte corriente de salidas. Esta expatriación se verifica especialmente entre los graduados universitarios. Mientras no se genere trabajo para la masa de ingenieros, sociólogos o médicos será difícil frenar ese drenaje de materia gris.

La reorganización general del empleo ya comenzó con los 350.000 empleados que dieron el salto hacia los pequeños negocios. Los trabajadores por cuenta propia conforman una porción mínima (6%) de la fuerza laboral, pero podrían alcanzar un alto número en los próximos años.

El peligro de una gran oleada de corrupción junto a las reformas pro-mercado es una amenaza conocida. Hay más de 300 funcionarios enjuiciados o encarcelados por este motivo. Todos saben cómo esa enfermedad desangró a la ex URSS y afecta a China. Pero el principal desafío es acelerar el ritmo de crecimiento de una economía que no ha logrado expandirse a más del 2 o 3 % anual. Las inversiones son escasas y el financiamiento internacional no llega (Rodríguez, 2014).

Las reformas se desenvuelven hasta ahora en un marco semejante a la NEP ensayada en la URSS en los años 20 y en China en la era pre-Deng. No traspasan los límites compatibles con la continuidad de un proyecto socialista. La experiencia ha demostrado que el salto hacia el capitalismo no se produce por simple extensión del radio mercantil. Aparece cuando predomina el sector de la burocracia que favorece la reconversión de las elites en clases dominantes.

Lo ocurrido en la URSS demuestra que esa decisión política es el factor determinante del retorno al capitalismo. Las divisas para repetir este proceso de restauración no se encuentran en Cuba en manos de los funcionarios, sino entre los receptores de dólares. Pero los dirigentes definen cómo se utilizan esos recursos.

Referencias

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* Economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA, miembro del EDI. Su página web es: http://www.lahaine.org/katz – Este material, facilitado a La Época por el autor, forma parte de un trabajo mayor que lleva por título: La epopeya cubana (2014).

Tomado de: http://www.la-epoca.com.bo/index.php?opt=front&mod=detalle&id=4762

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